Somos personas. Personas con sus miedos, con sus manías, con sus fobias, con sus traumas, con su ocaso y con su historia, con sus ostias y sus consiguientes cicatrices. Nos negamos a hacerlo visible, a estar por encima de todo; ''Soy fuerte'' decimos. Podemos con todo y más hasta que llegamos y estallamos, y el más fuerte se ve como un rey destronado llorando a solas. Somos así de poco humanos con los demás cuando sólo tenemos que mirarnos las manos y darnos cuenta de todo lo que han tocado, todo lo que han escurrido, tus lágrimas, sus lágrimas, las mías; todo lo que han sido, la de veces que se han arrepentido y han cogido un teléfono o han empezado a teclear como locas, o ya, puedes mirarte en el espejo y verte. Aquí estás tú, con tus éxitos y con tus fracasos, sólo tú sabes todo lo que has llorado, todo lo que te has echado de menos en ocasiones, todos tus fallos, todos tus secretos. Eres la viva imagen de todos tus errores y de todo lo bueno que has hecho. Lo que te falta es ser humano, mirar alrededor y darte cuenta de el mundo que habita en cada persona, del dolor que se engendra en cada orgullo, de la rabia contenida en cada chirrido de dientes. Todos somos personas: tú, yo y aquel que me cae mal. Todos hemos sufrido, todos hemos luchado por no convertirnos en lo que hemos sido. ¿Cuántas luchas terminadas por dignidad? Muchas, tuyas, mías y suyas. No importa, lo importante es que somos personas. ¿Y cuánto dolor en cada pérdida? Mucho, de todos, mío tuyo y de cualquiera. Cometemos errores, lloramos, nos arrepentimos, nos partimos, pero también, los enmendamos, reímos, lo arreglamos y nos reconstruimos. Es así, y que tire la primera piedra quien nunca lo haya hecho. Aquí nadie es mejor ni peor, aquí somos todos personas.

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