domingo, 18 de diciembre de 2011

Y sonreír, por mucho que duela...

En el fondo, a todos nos gusta pensar que somos fuertes. Que vamos a poder con todo lo que venga, que pudimos con lo de ayer y también podremos con lo que toque mañana. Pero en el fondo, aunque nos duela reconocerlo, sabemos que eso no es verdad. Sabemos que ser fuerte no consiste en ponerse una armadura de hierro o en esconderse detrás de un disfraz; ser fuerte consiste en asimilarlo, en asimilar el dolor y digerirlo, y eso no se consigue de un día para otro, se consigue con tiempo. Por desgracia o por naturaleza somos impacientes y no nos gusta esperar, escogemos el camino corto, escogemos el camino de disfrazarnos de lo que no somos y disimular, disimular todas esas lágrimas que nos desgarran por dentro. Sí, a todos nos gusta disimular los golpes, sonreír delante del espejo y salir a la calle pisando fuerte, para que nadie note la realidad, lo que nos pasa de verdad, es que estamos rotos por dentro. Tan rotos que ocupamos nuestro tiempo con cualquier estupidez con tal de no pensar en ello, porque el simple hecho de pensarlo hace que duela.
 Pero a veces, tienes que darte un respiro a ti mismo para no ser tan fuerte, bajar la guardia y darte una tregua. Esta bien bajar la guardia de vez en cuando. No queremos hacerlo porque eso supone tener un día triste, uno de esos viernes que saben a domingo, un día de esos que duelen, recordar, en los que echas de menos, muchas veces, cosas que nunca has tenido, echar de menos a los que no están y a los que sí están, pero lejos. Sin embargo, hay momentos en los que es lo mejor que puedes hacer, darte una tregua. Poner tu lista de reproducción favorita, tumbarte en la cama, y si hace falta llorar, llorar todo lo que haga falta.
Eso no nos hace menos fuertes; eso es lo que nos hace humanos.


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